Salimos de Barcelona a última hora de la tarde, cuando la ciudad por fin se calla y el embat ha caído. Tres horas después el Maresme no es más que una línea de luces a popa y la primera cala se abre por estribor. A partir de ahí no volvemos a ver un bloque de pisos en seis días.

Velero fondeado en una cala del Cap de Creus, Costa Brava
Cap de Creus — una cala con un solo barco dentro.

Por qué esta costa

La Costa Brava no es una isla, y justamente por eso es cómoda. Se sale de Barcelona, se vuelve a Barcelona, y no hay ninguna travesía obligatoria por el medio. El primer fondeo está a tres horas. Si refresca, nos resguardamos detrás del cabo siguiente; nunca acabamos con cuarenta millas de mar abierta por delante porque lo dijera el programa.

Y la roca cambia. A partir de Blanes se vuelve roja, cae a plomo sobre el agua, y los pinos bajan hasta tres metros del borde. No es Grecia ni Baleares: es más vertical, más cerrado, más verde.

Roca roja de la Costa Brava y camí de ronda al borde del agua
La roca roja y el camí de ronda, la firma de esta costa.

La semana, día a día

Día 1 — Barcelona, y hacia el norte

Embarque en el Port Vell a primera hora de la tarde, briefing, compra en el mercado con el chef si viene a bordo. Largamos hacia las cuatro y subimos la costa del Maresme. Primera noche en Blanes o en una cala justo al norte, según la hora y el viento.

Día 2 — Tossa de Mar

Etapa corta. Tossa es el único pueblo amurallado que queda en esta costa, y desde el mar se lee como un bloque de piedra puesto sobre el agua. Fondeamos bajo las murallas, bajamos a tierra por la tarde, y salimos al anochecer hacia una cala más tranquila para dormir — porque la bahía de Tossa, en agosto, se llena.

Tossa de Mar y la Vila Vella vistas desde lo alto, Costa Brava
Tossa de Mar y la Vila Vella, fuera de temporada.

Día 3 — Palamós y Calella de Palafrugell

Pasamos Sant Feliu de Guíxols y subimos a Palamós, que sigue siendo un puerto pesquero de verdad: la subasta es a última hora de la tarde y la gamba roja de aquí se paga más que en ningún otro sitio de Cataluña. Fondeo nocturno frente a Calella de Palafrugell, casas blancas y arcadas a ras del agua.

Cala de Calella de Palafrugell, rocas y pinos sobre el agua
Calella de Palafrugell — la roca gris y los pinos encima.

Día 4 — Tamariu, Aiguablava, Sa Tuna

El mejor día de la semana, y el más corto en millas. Cuatro calas seguidas, cada una a veinte minutos de motor: Llafranc, Tamariu, Aiguablava, Sa Tuna. Dos por la mañana, comida fondeados, y elegís la tercera para pasar la noche. El agua es transparente sobre seis u ocho metros y el fondo es arena clara entre las rocas.

La playa de Tamariu y su pueblo, Costa Brava
Tamariu, al fondo de su cala.
Agua clara sobre fondo de roca roja, Costa Brava
El fondo se ve a seis metros, y a menudo más.

Día 5 — Las Illes Medes y el golfo de Roses

Doblamos el cap de Begur y cruzamos la bahía de Pals. Las Medes son siete peñascos frente a L’Estartit, reserva marina integral desde 1983: el mejor buceo de la costa, y desde cubierta se ven los meros sin meter la cabeza. Noche en el golfo, en L’Escala o fondeados.

Día 6 — Cadaqués y el Cap de Creus

El fin del mundo catalán. Doblamos el Cap de Creus, el punto más oriental de la península, donde la roca se vuelve francamente lunar: es el paisaje que Dalí se pasó la vida pintando, y una vez visto desde el mar se entiende que no inventaba gran cosa.

Fondeo frente a Cadaqués, pueblo blanco sin carretera directa desde la autopista, y no le va nada mal así. Cena en tierra, y la auxiliar de vuelta a bordo.

El paseo marítimo de Cadaqués y su iglesia, Costa Brava
Cadaqués, desde el paseo.
Los tejados de Cadaqués y los barcos fondeados en la bahía
Los tejados, y los barcos fondeados en la bahía.

Día 7 — La vuelta

Dos maneras de volver, y elegís vosotros. O bajamos la costa con calma en dos días, parando donde no dio tiempo a la ida. O largamos de Cadaqués al final del día y volvemos por fuera de un tirón, de noche, con guardias y desayuno a la vista del Tibidabo.

Las dos son buenas semanas. Se decide al principio, no al final.

Velero navegando a vela visto desde la cubierta de un catamarán
A vela, una mañana de primavera.

Monocasco o catamarán

Los dos funcionan aquí. El catamarán es cómodo fondeado, no escora y da un salón enorme: la buena elección en familia. El monocasco entra en calas más estrechas, lo que cuenta en una costa donde las mejores miden cuarenta metros de ancho, y cuesta menos en puerto.

Cuándo venir

De mayo a octubre. Julio y agosto tienen el agua más caliente y las calas más llenas; junio y septiembre son el buen término medio. En mayo y octubre hay días como este —una playa entera para nadie— pero hay que aceptar que la tramontana puede soplar tres días seguidos en la mitad norte.

Playa desierta de la Costa Brava en primavera, promontorio cubierto de pinos
Marzo, en la misma costa.

Este itinerario es orientativo. Da una idea del ritmo y de las distancias: el viaje real se construye con vosotros, a partir de lo que queráis ver y del tiempo que aceptéis pasar en el mar.

5,0/5 en Google (8 opiniones) y 4,3 en Trustpilot (9 opiniones). 17 opiniones de tripulaciones que navegaron de verdad con nosotros, en dos plataformas donde no podemos modificar nada. Leerlas todas.

Related Posts